Ha habido y habrá cambios en mi vida. No todos son buenos ni radicales, pero se agradece que uno pueda ahuyentar la monotonía a estas alturas del cuento. Hace poco más de un mes me contrataron en Hipersónica y finalmente lo he dejado; varias razones me han llevado a hacerlo, pero prefiero no comentarlas. Lo siento, sobre todo, por la gente que me dio ánimos y me felicitó. Para compensar eso, es posible que escriba en un medio no virtual, pero ya lo comentaré si llega a ser un hecho.
Hay otros pequeños cambios que se deben en parte a problemillas de salud, que aunque no son graves hacen que varíe alguno de mis hábitos. No sé de dónde me salió, pero hoy le dije a mi médico, a Paloma, mi ángel de la guarda: «lo que quiero es dejar de ser hipocondríaco». Entre risas me confesó que parecía el título de una canción; no le falta razón. Sí, llevo una temporada siendo aprensivo cuando nunca lo había sido. La vida te golpea, te sonríe, te sacude, te mece... todo acaba afectando de una u otra forma a tu carácter, a tu actitud, a tu existencia, y no tiene fácil remedio. Lo peor -por no tratarse de nada natural y depender sólo de la estupidez humana- es la gente que parece que disfruta jodiéndote, como una conocida que me encontré hoy y que, después de bromear con ella porque no me veía, me espetó lo que uno ya ha oído otras veces y tanto detesta: «... y eso que es fácil verte». Odio que me recuerden que estoy gordo, aunque sea con ese ingenio digno de un título del CCC. No, uno no puede estar gordo por causa mayor, como una depresión unida a un desorden alimenticio y a una bipolaridad (por ejemplo, que no es el caso); no, tú eres un gordo hijodeputa y punto.
No se preocupen por mí, esto es un pequeño desahogo para calentar motores y afrontar el resto de la vida con una sonrisa en los labios.

