Por las tardes
Cuando quedo con mi padre por las tardes me siento como un jubilado (él sólo tiene 80 años): nos sentamos en una mesa del bar, pide un té y yo un café con leche —templado, por favor— o uno solo con hielo —si hace calorcillo—, nos contamos los achaques, hablamos del tiempo (le encanta la meteorología y me lo ha contagiado), leemos y comentamos el periódico, a veces discutimos… sólo nos falta echar la partida, pero es que a mí sólo me gusta el mus y hace lustros que no juego.
Yo creo que, si llego allá, voy a ser un jubilado ejemplar porque hasta no me disgusta echar un vistazo a las obras (siempre me gustó ver en acción esas increíbles retro-excavadoras), a no ser que estén demasiado cerca y nos atronen con sus escandalosos y apocalípticos ruidos, como el de ese martillo neumático gigante, fálico accesorio del excavador que te devora el oído interno y hace que te tiemble hasta el alma.
Cuando quedo con mi padre por las tardes siento que cada vez me parezco más a él.
En Reflexiones | Tags: Relatos

